viernes, 20 de marzo de 2009

EL APAGÓN DE NEW YORK (1965) y Modigliani- Segunda parte

Basado en hechos pintorescos

Me he pasado la mañana pintando la sala, un lugar poliédrico e infernal (lo asumo semejante al infierno) que viste de varios colores cegadores, y cuya tarea acometo con resignación (por sugerencia de mi colorista esposa) desde el fin de semana pasado. Mientras aplico el rodillo pienso en cómo desperdicié mi juventud oyendo la radio (informativos en onda media y misas en latín), en cómo demonios se habrá pintado la capilla Sixtina (¿Acaso el novio de Miguel Ángel sugirió que aquel altar del Vaticano precisaba remozarse?), en las peras de la vigilanta de la playa, en qué hermoso sol reinaba allá fuera y, nuevamente, en las peras de la vigilanta de la playa.

Tras varias horas y con la tarea casi finiquitada (restan dos manos más, algo factible de conseguir antes de morir intoxicado), decido tumbarme en el sofá, colocar la TV sobre el suelo, entre el desparrame de hojas del diario y abrir una lata de cerveza sin alcohol que le he robado a mi mujer embarazada. Entre los dvd que restan de visionarse, elijo (cayendo en la traición del subconsciente) la película "Modigliani" que parece que pinta bien (no como uno). El resultado de nuestra sesión de cine no pudo resultar más descorazonador. La película es horrorosa para la sensibilidad infinita de mi mujer. No sólo el pelotudo de Modigliani se deja morir con su mala vida de drogas y alcohol, dejando a la viuda y la hija desamparadas y solas. Es que además, su mujer (una loca deforme y si no miren sus retratos) se suicida embarazada de casi nueve meses. Cuando aparecen los créditos del film mis pies se hallan inmersos en un río de lágrimas que se remonta a la cara de mi señora esposa y, trás un manantial humano, oigo su voz acusándome de torturarle con películas donde la gente se muere y encima las embarazadas se suicidan. Le juré que nada sabía pero ya era tarde; ella, abrumada por la tristeza, me putea llorando, jura que tendrá pesadillas (creo que dice eso, ya que no se le entiende por el balbuceo del lloro) y se va a dormir. Ya en la cama me quedo con los ojos abiertos y la luz cerrada contemplando el techo.

Me incorporo angustiado y me digo: “Voy a redactar la segunda parte del apagón de New York”. Se me ocurren varios argumentos para rematar la historia. Todos ellos parten de un mismo hecho: cuando Sam Pauls y Linda Lola Right suben en el ascensor, camino de la quinta planta, sobreviene el apagón de New York y quedan atrapados en el segundo piso las catorce horas que duró el imprevisto.

Ideas para la versión A: tras dos horas de encerrona y a oscuras en el ascensor, Linda Lola Right decide conversar para provocar un acercamiento y romper el hielo. Sus palabras son: “¿Habrá un baño acá adentro?” Pero Sam nunca le contesta, y no porque se encuentre enfadado por el abandono de Linda, sino porque lee la voluminosa biografía de Modigliani en braille que un amigo sordo le prestó ayer.

Ideas para la versión B: tras dos horas de encerrona y a oscuras en el ascensor, Sam tranquiliza a Linda contando algo que leyó una vez. Una historia que acontece en un edificio en ruinas y que se creía abandonado hace mucho. Resulta que cuando los del departamento de urbanismo abrieron el ascensor se encontraron dentro con dos elementos: un volumen en papel cuché y, encima de éste, una boca humana. Una boca cuidadosamente apoyada en el centro del libro. Pensaron que algún psicópata la habría dejado abandonada, pero luego se percataron de los terribles hechos: alguien se había quedado atrapado en el ascensor un tiempo indeterminado y nadie acudió a su rescate. La pobre víctima, con la esperanza de sobrevivir a un posible salvamento va devorando su propio cuerpo hasta que, obviamente, sólo quedó su boca que no podía comerse a sí misma. El inspector jefe de la policía se preguntó porqué antes no se habría comido el libro y salió de dudas cuando comprobó que se trataba de un manual sobre Modigliani y hubiera sido una pena darle tan triste final.

Ideas para la versión C: tras dos horas de encerrona y a oscuras en el ascensor, Linda Lola y Sam Pauls comienzan a hablar primero del tiempo, luego de películas japonesas, cuando les entra el hambre charlan sobre cocina coreana (con subtítulos en polaco). Posteriormente, y en vista de que aquello iba para largo, sobre las razones de su separación. Sam le acusa de fugarse con un bailarín mientras trabajaba arduamente en su novela y ella le espeta que ya no se sentía atractiva porque él interrumpía todos sus actos amatorios sacando una libreta y escribiendo notas para el libro (incluso una vez, y con la excusa de que se le iba a olvidar no sé cuál genialidad, escribió con bolígrafo, y sobre su espalda desnuda, toda una trifulca que la pareja protagonista mantenía sobre Modigliani en un museo de Luxemburgo). Cuando llevan 10 horas de encierro deciden concederse una oportunidad y fugarse juntos a Italia. Hacen el amor acrobáticamente en la estrechez del habitáculo y Linda Lola se queda embarazada (al igual que otros cientos de parejas que esa noche se quedaron sin televisión). El nombre del bebé, Amedeo, se les ocurrió cuando contemplaban la casa natal de Modigliani en Livorno.

domingo, 25 de enero de 2009

EL APAGÓN DE NEW YORK (1965)- Primera parte


Llegó el fatídico martes 9 de noviembre. No había pegado ojo en toda la noche intentando comprender por qué mi mujer (mi ex a partir de esa misma tarde), Linda Lola Right, se había fugado tres meses atrás con el bailarín principal del ballet de Bolivia (quien tenía más pluma que un edredón nórdico). Lo cierto es que, haciendo memoria, ella siempre fue extravagante. En una ocasión incluso, cuando ella contaba con 25 años de edad, había conocido a Borges en una cita a ciegas preparada por unos amigos escritores (finalmente la mecha no prendió porque durante la cena Borges se puso a charlar sobre la historia de un gaucho que soñaba que era un tigre, o de un tigre que soñaba ser un gaucho, y Linda se durmió clavándose el tenedor en la mejilla y debiendo acudir rauda a urgencias. El potencial idilio terminó porque Borges, de 60 años, se negó a acompañarle al médico ya que le había prometido a su madre regresar a casa antes de las once de la noche).

Salté (con la velocidad de un caracol con ciática) de la cama y, a través del ventanal, contemplé el otoño neoyorquino ajeno a que ese día iba a pasar a la historia de esa ciudad por el apagón de 14 horas. Luego levanté la persiana. Estaba tan distraído que me fumé un supositorio extralargo que me habían recetado para combatir la gastritis que me fulminaba (me levantaba con un dolor de estómago terrible, sobre todo cuando soñaba con Linda Lola siendo alzada por Evo, el bailarín, en medio del escenario y envueltos en la música del lago de los cisnes).

Me duché y salí del departamento. Me había citado a las 5:15 pm. con Linda en el hall de un viejo edificio de Park Avenue, en cuya sexta planta se ubicaba el despacho del abogado que gestionaba nuestra separación. Contaba con mucho tiempo extra ya que, finalmente, había abandonado mi departamento a las 9 de la mañana (todo gracias a mi reloj de aguja ultra moderno, que todavía no sabía interpretar bien, y que resulta que llevaba puesto al revés y, obviamente, no eran las 3 y media de la tarde cuando pisé la calle. Supe de mi error al ser el único comensal que devoró una paella con vermouth en Mark´s mientras los demás deglutían tostadas con café).

Después de desayunar tuve que echar mano del supositorio para la gastritis porque abusé del tabasco (me lo bebí creyendo que era el vermouth). Mientras solicitaba la cuenta me di cuenta de que había confundido el envase (la separación de Linda me iba a matar) y que, en realidad, lo que me había aplicado era un lucky strike (afortunadamente sin encender).

Desazonado, decidí que la Biblioteca pública no era mal lugar para pasar las horas que restaban antes de mi cita puesto que, aparte de quedar a dos manzanas del patíbulo de abogados, vi entrar a dos ángeles pelirrojas muy feas pero que, bajo el brazo, portaban varios libros de filosofía medieval (mi psicoanalista cree que semejante parafilia, la de proponer matrimonio a cualquiera –preferentemente mujer– que esgrima un libro de Anselmo de Canterbury se debe a que una vez, siendo niño, robé un jamón junto con Jimmy y nunca pudimos comérnoslo porque no teníamos con qué cortarlo. Recuerdo que mi amigo Jimmy dijo algo que no entendí: “Si al menos tuviéramos una navaja, aunque fuera la de Ockham”).

En la biblioteca deambulé por entre los infinitos estantes esperando la fatídica hora de la cita con Linda Lola. Me topé con un volumen extraño que contenía una revisión del curioso episodio de Onán del libro del Génesis. En este manual (nunca mejor dicho) se afirma que quien redactó originalmente el episodio de Onán fue un escriba alcohólico, y un tanto retrasado, de Judea llamado Ariel. El sacerdote le dictó una historia donde Onán fue premiado por Dios por sembrar de semillas el campo junto con su prima Tamar, pero Ariel (quien la noche anterior se emborrachó en la taberna y que odiaba a los agricultores porque no se hacían la manicura) dormitaba resacoso y redactó que Onán fue premiado por Dios por sembrar con su semilla el campo aun siendo Tamar tan buena moza y poseer unos muslos (dos concretamente) tan torneados (el escriba quiso añadir, rizando el rizo aun más, que Onán soñaba con centuriones romanos de grandes manos pero la hora de la comida interrumpió definitivamente una versión más novelada de los hechos). La cuestión es que semejante error de trascripción (corregido en el siglo IV por un estilista del Papa Impío I) constituyó la base sobre la que se fundó la secta de “Los solitarios”, quienes se extinguieron al imitar con demasiado fervor la vida y obra de Onán.

La historia me había distraído de mis penas: ya casi era la hora de partir hacia el bufete de abogados. Cerré el libro y me percaté de que me sentía profundamente triste. Sentí la boca seca y apelmazada no por la ansiedad sino porque me había confundido de bolsillo y masqué un supositorio para la gastritis en vez de un caramelo de regaliz.

Caminé dos manzanas hacia el 103 de Park Avenue sin dejar de pensar en Linda Lola. Una vez en la entrada miré mi imagen patética reflejada en la cristalera y yo, Sam Pauls, me aposté contra la jamba y me dediqué a observar el tránsito y las fachadas de enfrente. Poco imaginé lo que aquel 9 de noviembre iba a deparar a la ciudad.

(continuará)

sábado, 1 de noviembre de 2008

Apuntes para la biografía de J. Warden, capitán de la policia de L.A.

Joe Warden nace en 1948. Durante su primer año de existencia sus actividades apenas difieren de las de un melón valenciano (no confundir con la frenética vida de un melón de Valladolid). No sucede nada destacable hasta 1950 cuando, durante unos 3 segundos, una de sus flatulencias imita perfectamente el solo de oboe de la ópera “Pomone”.

Hasta la edad de 12 años Joe Warden siempre quiso ser psiquiatra, pues le obsesionaba hallar una cura para los nipones. Estaba convencido de que podría encontrar un tratamiento eficaz para dejar de ser japonés, condición que siempre le pareció muy triste y angustiosa. Creía que los orientales, por la forma de sus párpados, lo veían todo en cinemascope, con lo que los graznidos de Jiménez Losantos les impedirían atender al argumento de las películas y, a la postre, no entendían ni catana. Cuando en 1960 un profesor le sugiere que ser japonés no constituye una enfermedad sino, a lo sumo, una parafilia, perdió todo interés por la vida y los chuches y trata de suicidarse mirando 35 veces seguidas una película gallega llamada Lo que el viento se llevó (En los Estados Unidos el film se llamó Psycho y le cambiaron todo el argumento con la traducción tan mala que le hicieron, además añadieron a una abuela anoréxica en un armario y a un travesti matarife, quitando, asimismo al coruñés Gable de la película original).

A los 19 años tiene una novia, Priscilla, pero ésta le deja con la excusa de que su nuez de Adán es más grande que la de Joe.

En 1970 trabaja como extra en un documental sobre la vida de las hormigas. No sabe a qué dedicarse profesionalmente y se encuentra sin grandes aspiraciones para su futuro debido principalmente al asma que padece.

En 1971 ingresa en la academia de policía porque cree que con esa vestimenta se liga más. Luego, una vez iniciado el curso, se percata de que el uniforme en que se fijó aquel jueves de borrachera no era en verdad de policía sino de luchador de sumo (se ve que lo japonés seguía dándole vueltas en la cabeza).

En 1972 resuelve su primer caso: es la señora de la limpieza la que se roba los lapiceros de la oficina. Esto se convierte en el preludio de una larga y exitosa carrera (concretamente la maratón de New York-1972).

Tres años más tarde detiene a un grupo de falsos rabinos que ejercían con un imaginario título obtenido en una inexistente universidad peruana. Una red de peruanos expedía, por 15000 dólares, el título de rabino (comprando dos regalaban un candelabro divino). Estos supuestos rabinos en vez de realizar la circuncisión del bebé al octavo día (como Dios manda), improvisaban y acababan efectuando una vasectomía al noveno día. Más tarde se pudo calcular que este grupo de 50 rabinos con título falso, y trabajando a pleno rendimiento, hubiera dejado en mínimos la capacidad procreativa de los judíos norteamericanos, poniendo en jaque su plan de dominar el mundo antes de éste caiga en poder de los masones.

En el 1976 atrapa a la tristemente famosa banda del alunizaje que tenía en vilo a toda la costa oeste americana. Tras una ardua investigación, Joe y sus chicos detuvieron a Amstrong, Aldrin y Collins camino de San Diego, cuando se dirigían a impartir una conferencia sobre su viaje al espacio. Además, en los interrogatorios confesaron que nunca se posaron sobre la luna y que todo se trató de un montaje. Las imágenes del supuesto alunizaje fueron rodadas por Berlanga, con decorado de Dalí y vestuario de la madre de Ágatha Ruiz (los buzos de astronauta eran rosas con redondeles verdes pero sirvieron igual, ya que la TV todavía retransmitía en blanco y negro).

A pesar de su vida de éxitos, en 1998 acude de nuevo a terapia. Se percata de que su mujer y él fueron, durante 35 años muy felices y ya no es así, es decir: fueron dichosos justo hasta que se conocieron. Pasa dos años analizándose sin descanso alguno. Cuando Erick, su psicoanalista, se iba de vacaciones las terapias las impartía la mujer paquistaní que le limpia el despacho y los progresos se aceleraban. Joe se percata de que la solución a su crisis matrimonial radica en comprarse un perro salchicha.

Fue portada de todos los periódicos el famoso caso que resolvió el 20 de agosto de 2004 (junto con la gran nevada que aisló Bahamas ese mismo día y que impidió la llegada de Aznar para impartir su conferencia sobre la quimera del cambio climático). La cuestión era más o menos así: Dick Longer, el pívot de Los Angeles Lakers se cogía una sospechosa baja semana sí, semana también, a pesar de su altura (2.14). Su ausencia y desaparición influía dramáticamente en el rendimiento del equipo. Joe indagó en el asunto y se supo que la baja que se cogía (incluso en horas de entrenamiento), medía 1.52 y se llamaba Margarita Ulmann. Dick fue despedido sin indemnización alguna y Joe se casó con Margarita poco después.

Joe Warden se retira en el 2007 y desde entonces vive plácidamente en Tokio, su mujer Margarita murió al año siguiente al serle infiel con un luchador de sumo que quiso demostrarle como, a pesar de su volumen, podía efectuar el salto el tigre.

domingo, 12 de octubre de 2008

La llamada de Eva Sugrañes

En la TV pasaban “Cine de Barrio” y quedé poseído por un estado de obnubilación total (luego se destapó que tanto “Cine de Barrio” como “Saber Vivir” y la brasa suma del “Día del Señor”, eran programas destinados a inducir al suicidio a pensionistas cuya vida consistía en menguar las flacas arcas del Estado y en comprar todos los pósters de Manuel Fraga chapoteando, luminoso e intermitente, en Palomares). Escuchaba el timbre del teléfono entre las voces de Ozores y sólo la irrupción de la publicidad (con el helicóptero de Tulipán aterrizando en un patio, junto a una multitud de mujeres que hacían cola para el casting de “El último tango en París II”), me permitió moverme y responder el teléfono.

Quien llamaba era mi ex, Eva Sugrañes. No sabía de ella desde hacía 2 años. Estoy cansada de mi vida de lujo en la Moraleja y me marcho a Berlin a hacer algo por la humanidad, fueron sus últimas y lacónicas palabras. Y entonces decidió que pondría una academia de español para andaluces junto a la Potsdamer Platz. Así que dejó sus competiciones de equitación, la mansión de sus padres en la Moraleja y mi corazón roto en veintiocho pedazos (a veces, cuando me emborracho, todavía encuentro trozos esparcidos por mi apartamento).

Me preguntó qué era de mi vida y le conté que estaba escribiendo una novela sobre las andanzas de Kant en Cuenca. La historia era simple. Kant, cansado de que los vecinos le vigilaran para poner en hora sus relojes, decide fugarse al sur de Europa. Tras recorrer varias ciudades llega a San Sebastián. Allí medita si el tiempo es una forma pura de la intuición sensible y, harto de no concluir nada, deambula por el casco viejo extasiándose con los pintxos y bebiendo txakoli hasta que agarra un pedo tan terrible que se hace socio de la Real Sociedad. Cuando días después llega a Cuenca y pretende deleitarse con la comida se percata, horrorizado, que allá no se come nada bien. Tras probar los supuestos manjares del lugar escribe furioso la Crítica de la ración dura y Crítica de la ración plástica.

Eva, después de escucharme en silencio y con evidente desgana inquirió si estaba con alguna chica y si me acordaba de ella. Una vez leí en el baño un ejemplar de Mujer Hoy y afirmaba que a las mujeres les gustaban los tipos inaccesibles y entonces me inventé que había conocido a seis o siete chicas desde que ella se marchó (incluyendo dos trapecistas siamesas) y que ahora medio salía con una pintora paraguaya que vivía en un loft en el Soho pero que venía cada 15 días a Madrid para efectuar graffitis noctámbulos e ilegales en el metro. Como parecía intrigada, añadí que mi amante guaraní estaba muy linda con sus sprays y su mono azul, pero que yo necesitaba una mujer a mi lado de continuo y que no sé adonde se encaminaba esa historia amorosa (dejé caer las frases con la esperanza de que ella confesara: Me arrepiento de haberte abandonado, voy para Madrid, etc.)

Entonces Eva comenzó a llorar desde el otro lado del teléfono. Primero pensé que a lo mejor se percataba de su error al alejarse de mí, pero no. Entre sollozos me confesó algo que me dejó helado (de chocolate): Los alemanes me han hecho puta, me dijo suave y entre sollozos. Después de pedirle que me repita cuatro veces su aseveración (la cuarta vez me respondió con un insulto en el que me consideraba su propio hijo) le dije que no era posible. Y entonces me contó su triste historia.

La cuestión es que abrió la academia de español para andaluces y funcionó muy bien durante un semestre. Luego se inscribieron unos catalanes, varios gallegos y un vasco con barba, lo que le obligó a establecer diferentes niveles dentro de la misma formación. Los andaluces comenzaron a faltar cuando viajaban a Baviera a la recogida de la salchicha, luego los gallegos respondían a las preguntas de Eva con otras preguntas y le pasaban la bola a los catalanes que se quejaban de por qué las clases de español no eran en catalán. El vasco, harto de todo el lío, quemó la academia y finalmente Eva tuvo que irse al paro. No contó nada en casa porque había jurado emanciparse y no depender de sus señores padres. Me cuenta, sollozando, que, cuando llevaba trece meses de desempleo, se reforma la legislación alemana y resulta que cualquier mujer menor de 55 años está obligada a aceptar cualquier empleo que se le ofrezca so pena de perder sus derechos y prestaciones económicas. Luego me dijo, en una historia perfectamente hilvanada y esquizofrénica, que la prostitución es un trabajo legal en Alemania.

¿Y qué tiene que ver? Le pregunté. Ella me dijo que en el currículo que había entregado a las oficinas de empleo figuraba su experiencia de camarera en Ibiza en verano del 2001 y que le habían llamado de un prostíbulo judío en Oranienburger para trabajar sirviendo tragos y otras cosas. Me dice que si ella se negaba, el empresario debía comunicarlo al ministerio de trabajo y terminaría en Berlin sin un Euro y durmiendo en la calle. Afirmó que llevaba dos meses en el prostíbulo aunque no era tan malo como se pensaba. Decía, por ejemplo, que en el fondo los camioneros rumanos le visitaban para charlar de su infancia en Bucarest y confesar su secreta devoción por Brad Pitt.

Horrorizado, le comenté que por qué no volvía a la Moraleja y contestó que no se habla con sus padres hace meses, le dije que podía venir a vivir a Madrid conmigo mientras encuentra algo y me responde que no soporta mis estúpidas historias sobre Kant y que no existía la Real Sociedad en el siglo XVIII.

No entiendo a las mujeres, pienso. En mi vida anterior he debido de ser el estilista sordo y afeminado de la corte del Rey Sol, de lo contrario no me lo explico. Le escucho llorar a Eva y no sé qué decirle. Me dan ganas de confesarle mi amor, que no existe ninguna pintora paraguaya en mi vida y que voy a buscarle a Berlin hoy mismo.

En ese momento me despierta la melodía del noticiero. Hundido y sudoroso, maldigo las pesadillas que genera “Cine de Barrio”. Luego suena el teléfono y cuando contesto se oye la voz de mi ex, Eva Sugrañes, preguntándome: “¿A que no sabes qué me ha pasado?” Y pienso: ¿Será puta? Dos años sin llamarme y ahora me viene con adivinanzas.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La última cena

La cuestión es así. Cuando uno está casado o en pareja o encadenado a una mujer se encuentra, irremediablemente, condenado a asistir a ciertos compromisos en forma de cenas, comidas, cócteles o exposiciones de artistas que se drogan inhalando pintura y que luego la estornudan sobre lienzos. Yo siempre trato de regatear tales compromisos con las excusas más peregrinas que se me ocurren. En cierta ocasión conseguí eludir una comida del colegio de ingenieros, al que pertenece mi mujer, con la excusa de que debía acompañar a mi madre a una revisión de próstata, pero que no era nada serio.

Y bueno, hoy 7 de septiembre no celebramos el amor con un domingo entre sábanas, porros y pizzas. Más bien, parece que tras la etapa de las locuras del enamoramiento llega la del canibalismo amoroso (a uno le dan ganas de comerse al otro cada dos por tres -seis), la fase de la remisión espontánea de la demencia (¿qué hago con semejante borrego/a?) o, simplemente, la del amor como trabajo (¿Eres feliz? No, estoy casado todo el día menos cuando duermo que me convierto en Sátiro). Hoy debo acompañarle a una cena con la que nos obsequia una tal MariPuri, una compañera de trabajo de mi mujer que desea celebrar el aniversario del divorcio de la Infanta o algo así (la verdad, cuando me hablaba el otro día trataba de acordarme del año de publicación de Crítica de la Razón Práctica y asentí como media hora, ignorando lo que me comentaba).

En la cena había 10 personas y un geólogo, además de nosotros. El geólogo, a pesar de lo que pudiera parecer, disertaba sobre cosas muy profundas como la fosa de las Marianas y las minas de carbón de no sé donde (leía la etiqueta del vino en ese momento).

Yo siempre trato de disimular mi misoginia con unas copas de vino. Así estoy la mar de simpático: cuento anécdotas sobre Platón y su homosexualidad, Wittgenstein y sus paseos por la otra acera, así hasta que mi santa mujer me golpea por debajo de la mesa y/o me pellizca el muslo (con dos vueltas de carne). Entonces callo y parece que todos se alegran.

En la mesa se sienta una pareja judía que charla sobre las virtudes de la circuncisión hasta que la anfitriona saca una bandeja de jamón york en lonchas mínimas y se cambia, misteriosamente de tema. Entonces, el marido de Maripuri habla de su nuevo coche ecológico y todos asienten y se declaran ecologistas. Yo sigo bebiendo vino.

Enfrente se sienta una mujer que me cae simpática porque no ha emitido sonido alguno durante la cena (a excepción de una leve flatulencia tras las palabras de la vieja judía), a quien le felicito por su próxima maternidad. Me contesta que sólo está gorda y mi santa mujer me pellizca la zona ya anteriormente pellizcada.

El marido de Maripuri retoma el tema de la ecología y parecen olvidar mis meteduras de pata. Sigo bebiendo y no siento el dolor del nuevo pellizco de mi beata mujer que me tiene harto ya.

Parecía que la cuestión era charlar por turnos acerca de cómo cada cual se había convertido al ecologismo. Un señor muy raro que se sentaba en la esquina, afirmó que iba a dejar de ser ecologista para no convertirse irremediablemente en un viejo verde. Todos rieron el chiste estúpido menos yo (que sorbía con deleite mi copa de vino) y mi santa mujer que se levantó a pellizcarle en el cuello al tipo ese. Cuando llega mi turno, les comento que mi historia es muy extraña, que me convertí al ecologismo debido al papel higiénico Scotex. Todos me miraron, me dio tiempo a levantarme pare esquivar el enésimo pellizco de mi mujer (una vez me pellizcó 34 veces, una por cada chiste de judíos que les conté al matrimonio Kielowski, sin saber todavía la razón) y les conté que cómo era posible que pusieran unos perritos en semejante lugar, sabiendo lo que luego les iba a acontecer, el infeliz destino que les aguardaba a todos y su extinta blancura.

Hubo a quien se le atragantó la sopa, Maripuri pidió a mi santa mujer que me llevara a casa, que qué escándalo. Aprovechando la confusión me dio tiempo a robarme la botella, a declararle mi antiguo amor a mi mujer (el de los tiempos de porro, pizzas y juegos entre sábanas los domingos a cualquier hora) en un latín perfecto ya casi enterrado por los siglos. El magnífico el vino, aún me dejó energía para subirme a la mesa, bailar unos pasos, bajar de un brinco, besar a mi esposa como cuando no existía la Maripuri y citarle (con unas palabra al oído, mientras me zarandeaban los guardaespaldas), si lo deseaba, en la habitación 269 del hotel donde verdaderamente nos habíamos amado.

El vino lo llevo yo, grité mientras regateaba a los gorilas; y huí dejando atrás a todos los ecologistas que marchitan perritos inocentes.

viernes, 29 de agosto de 2008

El congreso

Yo me encontraba desde hace meses ante la crisis más pavorosa que puede padecer un profesor de literatura: me había atenazado el miedo a hablar en público, todo desde que vi en la televisión un reportaje veraniego sobre Ana Obregón en bikini. Acongojado, decidí acudir al psicoanalista en busca de las raíces de semejante bloqueo. Escuchó atontamente mis disertaciones y me recomendó beber más vodka y acudir al congreso bonaerense de las letras que se celebraba en quince días, porque eso estimularía mi fluidez verbal. Me contó del caso de un sonámbulo porteño, que durante una sola siesta, recitó el Quijote al completo, incluyendo el nombre del taller donde se editó el libro, la contratapa, y el precio del mismo.

En el avión a Buenos Aires tuve mi compañera de asiento con una señora muy mayor (calculé que bien pudo amamantar a Groucho Marx cuando éste se sacaba el puro de la boca) que me hablaba infatigable acerca de la ropa que usaba Sissi emperatriz o de los postres prodiabéticos que elaboraban en el convento de las Carmelitas de Murcia.

El congreso no estuvo nada mal. Allí conocí al argentino Néstor Alberdi, un buen escritor aunque un poco calvo, al que le caí muy simpático por dos razones: por mis ideas peregrinas acerca de las golondrinas y, principalmente, porque le pagaba todos los tragos. Su obra más conocida era Crítica de la visión estereoscópica donde se metía con su anterior presidente de gobierno.

Al finalizar la jornada del congreso fui con Néstor y sus amigos a beber güisqui a San Telmo hasta que nos echaron a patadas de una taberna por discutir acaloradamente (nos lanzábamos cócteles Molotov) sobre la obra de Corin Tellado. Borrachos, y golpeados, nos dirigimos todos juntos y abrazados, al hotel. Por el camino entonamos varios tangos tan pésimamente que un grupo de sordomudos punkies nos volvió a atizar con saña por segunda vez en la noche.

Desde la azotea del hotel avistamos la desembocadura del Río de la Plata y seguimos tomando más güisqui y debatiendo si las mujeres conforman un mal necesario. De Santis asintió y acotó algo sobre las mantis religiosas que le arrancan la cabeza al macho y se lo van comiendo mientras copulan y todos reímos cuando le quiso besar a Ariel y éste declinó la oferta aludiendo que le dolía el hipotálamo. Luego contemplamos los fuegos artificiales que lanzaban desde el Puerto (al día siguiente nos enteramos que, realmente, no hubo tal espectáculo sino que explosionaron unos tanques de gas pero lo disfrutamos igual).

Por la mañana bajamos, resacosos y ojerizos, a desayunar. Efectivamente, el alcohol y la argentinidad estaban desbloqueando mi creatividad y sentía muchas ganas de escribir y también de charlar como si mi lengua estuviera poseída por el espíritu de la cola seccionada de una lagartija.

En el restaurante padecí el feroz apremio de ir al baño. Saqué un libro de ensayos de Borges de la mochila y pedí permiso para ausentarme durante 20 páginas. De Santis, quizás enojado porque no consiguió ligar con ninguno de nosotros, me acusó de judío porque no podía resignarme a perder algo (las cacas, para quien no haya adivinado) sin ganar nada a cambio. Yo me contorsionaba mientras escuchaba sus estupideces y Néstor comentaba que Borges, como bien es sabido, es muy efectivo en el tratamiento de la diarrea (se sabe de personas que, en tal estado, cometieron el error mortal de llevarse al baño un libro de Paulo Coelho y luego desaparecieron por la taza sin saberse nunca más de ellos).

A duras penas llegué a los baños, me senté esperando que la lectura hiciera efecto (una página de Borges equivale a 2 kilos de arroz blanco, aseguraba la contraportada) y entonces ocurrió algo que supuso un reto a mi tendencia al autismo y el silencio. Alguien se había sentado en el baño contiguo y me charlaba. Primero dijo Hola. Yo me quedé callado, se ve aquí no existen excusas para no hablar (las excusas os convertirán en excusados), deduje. No sabía cómo obrar, aquello suponía un reto casi imposible, pensaba. La voz de mi vecino de penurias volvió a escucharse, ¿Hola? Haciendo tripas el intestino dije Hola. ¿Qué hacés? Replicó. Creí que la pregunta era un tanto mongola pero esforzándome afirmé: Acá, deponiendo, ¿y vos? Hubo un silencio de mi compañero de baño y seguido otra pregunta ¿Qué decís? Y yo pensando que tal vez no se emplee esa expresión en argentino, la traduzco: Haciendo caca, ¿me entiende? La voz contestó Te voy a dejar Margarita, acá en el baño de al lado hay un pelotudo que no para de charlarme, te llamo más tarde, chau.

Entonces comprendí, verdaderamente, que un tiro en el pie duele menos que uno entre los ojos, aunque, en ciertos momentos, sólo esto último alivia verdaderamente.

Ni qué decir que volví a quedarme mudo.

domingo, 27 de julio de 2008

Cupido reinventado

Me llamo Mike Queer, soy detective privado y fui contratado para evitar el desastre ya de todos conocido: la pérdida de la fórmula de la Coca-Cola. No pude remediarlo y no sólo eso: ahora me encuentro prófugo de la justicia y mi mujer no cree en mis explicaciones acerca de lo incomprensible del amor, y sostiene que mi infidelidad, aparte del divorcio, merece la horca, tras un juicio justo realizado por, digamos, un tribunal afgano o similar.

Pero vayamos por partes. Todo comenzó cuando el sistema interno de Coca-Cola Corporation se fue al garete. De todos es sabido que su fórmula secreta queda en poder de sólo dos personas y que éstas ni se conocen, ni pueden viajar a la vez con el fin de salvaguardar su seguridad (y menos con Iberia). El sistema es francamente seguro, se elige a dos directivos dignos de confianza (sugiero revisar este concepto ya que me brindan la oportunidad de expresarme). Tales directivos son personas totalmente opuestas entre sí. En el caso que nos atañe los escogidos fueron John Hammer y Michael Green.

¿Cuáles son sus divergencias? Hammer es heterosexual (más bien es un devorador de mujeres, se dice que llegó a desayunar un potaje de lentejas sobre el ombligo de una vedette de Las Vegas), marxista, le encanta la literatura polaca de entreguerras, adicto a la ópera italiana, le extasía vacacionar en los Alpes y juega al ajedrez por correspondencia (a veces, cuando está seguro de que su jugada es ganadora, envía la respuesta por DHL junto con una corona blanca de flores orlada con la frase “A joderse”).

¿Y Green? Él es también heterosexual, hegeliano y votante de la derecha, jamás leyó un libro (a raíz de una experiencia traumática que padeció a los 12 años cuando le regalaron “A orillas del río Piedra me senté y lloré” de Paulo Coehlo). En cuestiones musicales raya la enfermedad mental y sólo escucha Palito Ortega y Manolo Escobar (aunque lo único que sabe decir en castellano es “Io voglio una birra”), se pasa todas las vacaciones en Miami Beach fumando yerba y acudiendo a las manifestaciones en contra de un tal Fidel y odia el ajedrez a muerte porque no tolera la idea de jugar con las piezas negras (fue miembro de KKK durante 2 años después de ver su poder de convocatoria en Sevilla durante una semana santa).

Ustedes se preguntarán cuál es el problema. Bien, el caso es que el 12 de Mayo pasado el sistema de seguridad de la compañía falló estrepitosamente. Ambos, aun sin conocerse, compartieron casualmente mesa en un local que resultó ser una barra americana. Mientras miraban a las chicas que bailaban de un modo desvergonzado (con una cantidad de ropa que apenas serviría para tapar una moneda de dólar) entablaron conversación y hablaron del tiempo, después de aquella presentadora rusa que daba los informes meteorológicos en ropa interior (y que rápidamente fue eliminada de la programación porque sus apariciones levantaban ampollas en el politburó). Y una cosa fue llevando a la otra, hasta que terminaron saliendo del local de la mano y enamoradísimos. Algo incomprensible ante los ojos de Dios, de Cupido e incongruente con sus historiales delectivo-amorosos previos.

Saltaron todas las alarmas cuando dejaron a sus respectivas esposas, se prometieron, decidieron casarse y después irse de luna de miel. La fórmula de la coca-cola corría un grave riesgo y fue entonces cuando el presidente de la corporación contrató mis servicios para rescatar la fórmula secreta y eliminarlos sin levantar sospechas.

Supe que mantenían la fórmula en su mansión de Palm Springs, su amor les había llevado a confesarse que eran los poseedores de la fórmula de la bebida y como prueba de su confianza, habían guardado ambas copias en una caja fuerte del piso superior. El pasado 15 de Diciembre daban una fiesta para celebrar su próximo casamiento en California y decidí colarme y ejecutar la misión. A la fiesta se exigía la asistencia en frac y en vestido de noche. Para pasar desapercibido decidí ir disfrazado de mujer, con algo discreto. Opté por un conjunto de Agatha Ruiz de la Prada (que convertía los cuadros de Van Gohg en algo semejante a la pintura negra de Goya) adornado con un ramillete de girasoles en el escote. Maniobré con soltura para colarme hacia el piso superior mientras me percataba de que dos cosas iban mal: la primera que la gente que me miraba más de tres segundos se quedaba ciega y la otra es que se me había olvidado rasurarme la barba. No obstante, conseguí alcanzar la caja fuerte.

Cuando estaba en plena faena, con mi estetoscopio sobre la cámara acorazada, me vi sorprendido por un guardaespaldas de dos metros de alto por dos de ancho. Cuando me inquirió qué demonios hacía allá, no se me ocurrió otra cosa que contonearme y decirle que le había estado esperando toda la noche, que no podía vivir sin su amor y blablabla. Era bastante inteligente para ser gorila porque me contestó que no me creía, ya que yo esgrimía un estetoscopio (él realmente empleó la palabra “chuminómetro” pero le entendí igual). Entonces le respondí, experimentado que es uno, que era para jugar a médicos y enfermeras. Se le iluminó la cara, me abrazó fuertemente y confesó que se había fijado en mi desde que entré en la mansión. Después me violó repetidamente por las orejas (ahora no oigo nada por la nariz).

No sé qué me ocurrió: tras varias horas de pasión, quedé prendado del mocetón y le convencí para que robáramos la fórmula y viviéramos retirados en algún lugar paradisíaco (como Vitoria) el resto de nuestras vidas.

Hemos vendido, por una cantidad que llevaba muchos ceros, la fórmula al gobierno cubano y, en un arrebato de locura, desfilamos, agarraditos de la mano, el día del orgullo gay por las calles de Paris. La ciudad del amor, verdaderamente, hace honor a su nombre.